Se nos fue el Indio. Y aunque parezca imposible escribir sobre su muerte, porque siempre fue un hombre esquivo y difícil de atrapar en definiciones, hoy el rock argentino perdió a uno de sus últimos profetas. Este viernes 5 de junio de 2026, el "Mister" de las multitudes emprendió su "Flight 956". Y todos estamos tristes.
Carlos Alberto Solari nunca buscó la aprobación de los poderosos; sabía perfectamente cómo colgar la "Ropa sucia" de la sociedad y prefirió quedarse del lado de los de abajo, convirtiendo la marginalidad en bandera. Con su mística, nos enseñó que el futuro llegó hace rato y que la vida, muchas veces, es "Todo un palo", pero hay que caminarla con el puño en alto.
Su partida nos deja un vacío enorme; un golpe durísimo de tristeza que se instala en el corazón de sus fieles. Ojalá estas fueran solo "Noticias de ayer", pero es real. Y aunque duela, hoy partió a la eternidad el capitán que guiaba a las masas cuando rugía "La bestia pop".
Su historia con la música fue un viaje de ida. Desde las épocas doradas con Los Redondos, su arte fue un refugio para "El charro chino", para los locos, los vagos y los poetas de la calle. Cada misa ricotera era una locura hermosa, un ritual único bajo la mirada de "Luzbelito y las sirenas" o de "Un tal Brigitte Bardot"; o cualquier otro personaje de su universo lírico. Sus letras fueron siempre un "Submarino soluble" navegando en aguas profundas de la cultura argentina, un mundo de noches largas y de "Veneno paciente" donde cada canción parecía esconder un secreto.
En sus últimos años, la enfermedad lo obligó a bajarse de los escenarios, pero él jamás se rindió ni aceptó el olvido. Se refugió en su estudio y nos demostró que no había "Gualicho" capaz de apagar su creatividad. Mientras el Parkinson avanzaba, nos enviaba señales desde "El callejón de los milagros" para recordarnos que el arte salva. Esa fue su vida. Un permanente "Tatuaje" en el alma de varias generaciones que hoy lloran su partida.
Hoy nos toca despedirlo con lágrimas, es cierto, pero también abrazando a un amigo con "Un ángel para tu soledad", saltando con "Jijiji" o buscando en "Mi perro dinamita" una excusa para desafiarlo todo.
Quizás ahora, lejos del ruido, ya no haya que preguntarse "¿Por qué será que Dios no me quiere?". No es un adiós, es apenas un viaje hacia otro destino para musicalizar la eternidad. Gracias por enseñarnos que, a pesar de las cárceles del sistema,"El blues de la libertad" se lleva en el alma, se defiende con el puño en alto y sonará para siempre.